Ya tengo olla
Ayer hicimos el mencionado viaje a Passau. Una chica de la FH que es natural de allí nos guió por los sitios de mayor interés cultural y culinario.
Passau es una ciudad algo mayor que Deggendorf. En ella, los ríos Izz e Ilz pasan a ser uno sólo con el Danubio. El primero recibe el agua directamente de los Alpes, el segundo de pantanos. Es increíble, pero dicen que cuando uno de los tres ríos baja con mayor fuerza que los otros, puede notarse a simple vista una pronunciada diferencia de nivel. Aunque también dicen que se puede diferenciar tres colores distintos del agua (verde, negra y azul, respectivamente) y yo los vi de color verde.
Además tiene una gran riqueza cultural pues con sus más de 2000 años de antiguedad, ha sido conquistada por los celtas, romanos y posteriormente por obispos. Visitamos un museo arqueológico, unas ruinas romanas, la catedral y el centro comercial. Cabe destacar que los del AKI pagaron el viaje y una comida en un restaurante. Parece ser que si es una asociación sin ánimo de lucro.
Pero vayamos a lo que interesa. Como el título indica, me llena de orgullo y satisfacción decir que no voy a dar más el coñazo con el tema de buscar sartén y olla, pues ya están en mi poder.
Todo comenzó en una cita en un bar del centro, con motivo de tomar un desayuno típicamente bávaro. Eso sí, a las 11 am. Fue simple: proteínas a base de salchichas blancas (weisswurst) y cerveza. A estas alturas pocas cosas pueden presumir de poder sorprenderme, esta fue una de ellas.
Durante el “desayuno”, al chicho letón se le ocurrió que podíamos hacer cada uno una comida de su país y degustarlas todos jutos en su residencia. Yo me ofrecí a preparar un arroz, pero necesitaba equipamiento. Así pues, uno de los dos alemanes me acompañó por algunas tiendas y finalmente dimos con el botín. Además aproveché para ir a comprar los ingredientes con alguien que dominase la lengua alemana.
Llegué a la residencia a las 13.30 y a las 14 era la comida. Tendrían que esperar un poco. No podían tener mucha hambre después de las salchichas. Cuando ya lo tenía todo en la olla, salvo el arroz, me di cuenta de que me faltaba colorante. Pero pensé que aunque blanco, el arroz debería estar igual de bueno. Con forme la cocción llegaba a su fin, aquello no tenía muy buena pinta. – Estos son capaces de comérselo– me dije– aunque sea por compromiso.
A las 15 había acabado y me dirigí a la otra residencia con la comida. Los otros (dos) habían preparado poca cosa, así que el arroz cubrió bastante bien las evidentes carencias. No resultó estar del todo malo, se podría considerar totalmente comible.
Mientras comíamos, unos señores instalaban un futbolín (table soccer) en la habitación de al lado. No tardamos en inaugurarlo. Aquí los futbolines que he visto son un poco cutres. En España parece que es una cosa que está más arraigada y de calidad. Eso si, por un euro, juegas 30 bolas. Así que, como se suele decir, a caballo regalado no le mires el diente.
Marzo 14, 2007 at 10:28 am
oh my god, 30 bolas!!!
El paraíso!!!